
Foto: Research Land
Un estudio de Research Land nos indican qué es lo que motiva a la ciudadanía para marchar

Las marchas se han convertido en uno de los mecanismos más visibles de expresión pública en México.
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Desde causas sociales hasta protestas por derechos específicos, las movilizaciones forman parte del paisaje cotidiano de las ciudades.
Sin embargo, más allá de su presencia permanente, la sociedad mexicana tiene opiniones claras sobre qué define una marcha, qué la hace efectiva y cómo debería responder el gobierno ante ella. Los datos más recientes permiten comprender no solo las motivaciones de quienes participan, sino también las expectativas colectivas sobre su impacto y legitimidad.
Cuando se pregunta a las personas qué es lo más importante que debe tener una marcha, la sociedad privilegia la estructura y el sentido de la movilización.
Las cifras muestran que:

Estos datos revelan que, para la mayoría, el éxito de una marcha no depende del impacto visual o de figuras públicas, sino de la coherencia en su mensaje central. La demanda clara —más que la logística o el tamaño— es el elemento que otorga legitimidad social a una movilización.
Las razones que llevan a una persona a participar en una marcha reflejan un compromiso emocional y ético más que una pertenencia estructurada. Según los resultados:

La presencia de una motivación ideológica clara (creer en la causa) duplica la asociación con colectivos formales. Esto confirma que el fenómeno de marchar en México sigue siendo principalmente ciudadano, no institucional.
Sobre qué tan claros y definidos son los objetivos de las marchas actuales, se muestra una distribución que sugiere ambivalencia social. La opinión indica que la claridad de objetivos no es percibida como algo uniforme: existe una combinación de personas (40%) que considera que las marchas son claras, y otras que las perciben como difusas: algunos son claros, mientras que otros no (46%).
Este punto es consistente con el dato inicial: si 54% opina que la claridad de demandas es lo más importante, pero muchos perciben las marchas como poco definidas, se configura un contraste que puede explicar parcialmente la polarización en torno a su efectividad.
La población también expresa opiniones claras sobre cómo debería actuar el gobierno frente a las protestas:

Estas preferencias muestran un consenso amplio a favor de un enfoque pacífico y preventivo, donde el diálogo y la resolución de causas estructurales superan la idea de control o contención policial.
Las opiniones respecto a qué tan abierto está el gobierno a escuchar las protestas recientes siguen una tendencia crítica:

La percepción dominante es de cierre o falta de escucha, lo que puede explicar la emoción social que alimenta algunas marchas y la sensación de que muchas demandas quedan sin atender.
Finalmente, la percepción sobre si las marchas generan cambios duraderos arroja una lectura equilibrada pero crítica:

Este panorama muestra que la ciudadanía reconoce el valor de las marchas, pero también entiende sus límites. Para muchos, la marcha es un punto de partida, no el punto final del proceso de transformación.
Esta visión sobre el poder de manifestarse hace evidente que las marchas son tanto un mecanismo de participación como un reflejo de las tensiones sociales del país. La ciudadanía exige claridad en las causas, valora la empatía y la indignación como motores legítimos de participación y espera que el gobierno actúe desde el diálogo y la prevención.
Al mismo tiempo, la percepción de que las autoridades no escuchan y de que las marchas requieren acciones adicionales para generar cambios profundos mantiene vivo el debate sobre su función: ¿son motor de cambio o desahogo colectivo?
En cualquier caso, la marcha continúa siendo una pieza central del ecosistema democrático mexicano, un espacio donde convergen la protesta, la identidad y la construcción simbólica de lo público.