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El inicio de un nuevo año suele acompañarse de balances personales, propósitos renovados y dudas sobre el futuro económico.

El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de balances personales, propósitos renovados y una inevitable pregunta sobre el futuro económico. En México, este ejercicio de introspección colectiva muestra una mezcla compleja de esperanza moderada, preocupación estructural y una sensación persistente de vulnerabilidad financiera.
Más que entusiasmo pleno o pesimismo absoluto, lo que domina es una expectativa reservada: la idea de que el año podría ser mejor, pero solo si se sortean obstáculos que siguen estando fuera del control individual.
Esta percepción no surge por casualidad. Se construye en un contexto marcado por inflación acumulada, encarecimiento de bienes básicos y una economía que, aunque muestra ciertos signos de estabilidad macroeconómica, no siempre logra traducirse en tranquilidad para los hogares.
Cuando las personas evalúan cómo será su situación económica familiar al comenzar el año, la lectura es clara: predominan la preocupación sobre la confianza.

Entre quienes anticipan que será algo peor, el aumento de los precios y el encarecimiento de la canasta básica aparece como el factor más mencionado, seguido muy de cerca por el mal desempeño de las políticas gubernamentales y la inflación.
Estas cifras no solo se acumulan, sino que se refuerzan entre sí. El costo de vida se percibe como una presión constante que erosiona cualquier mejora nominal en ingresos, y la inflación se vive menos como un indicador macroeconómico y más como una experiencia cotidiana en el supermercado, el transporte y los servicios.
Del lado positivo, los factores que generan expectativas favorables son más dispersos y menos contundentes. Gran parte de la población menciona el aumento al salario mínimo, otra porción señala tener menos deudas y una mejor administración del dinero, una porción similar apela al esfuerzo personal y a metas propias.
La diferencia entre ambos bloques es significativa: las preocupaciones se perciben como estructurales, mientras que el optimismo se sostiene principalmente en decisiones individuales.
Al comparar el año que inicia con el anterior, la mayoría de las personas no espera transformaciones radicales.
Cuando se amplía la mirada a todo el año, el estado de ánimo económico se vuelve más claro. 31% se declara muy optimista y 42% algo optimista, lo que suma un 73% con una actitud positiva. No obstante, este optimismo es cauteloso: 22% se mantiene neutral, y 5% se siente poco optimista.

Las razones detrás de esta actitud refuerzan la narrativa del esfuerzo individual. Entre quienes se sienten optimistas, destacan motivos como trabajar más para emprender, la expectativa de que la economía personal mejore y una percepción de mejora en la economía del país.
En contraste, el pesimismo se ancla en factores difíciles de controlar: la economía nacional ha ido empeorando y genera incertidumbre, mientras que otra porción sigue señalando el aumento de precios.
Cuando se pregunta específicamente por los ingresos, la expectativa dominante no es de crecimiento acelerado, sino de estabilidad. 47% espera que sus ingresos aumenten ligeramente, mientras que 38% espera que aumenten significativamente. 14% prevé que se mantenga igual y sólo 1% anticipa una disminución significativa.

Este reparto revela una aspiración modesta: no se espera prosperidad, sino resistencia. Mantener el nivel de ingresos ya es percibido como un logro en un entorno donde los gastos tienden a crecer más rápido que los salarios.
Uno de los datos más reveladores aparece al hablar de gastos inesperados. Aunque 23% se siente muy preparado y 42% algo preparado, existe un 30% que se declara poco preparado, además de 4% nada preparado.

Las razones de esta fragilidad financiera son claras: una buena cantidad de personas, reconocen no tener ahorros ni saber cómo actuar ante una emergencia, e nueva cuenta, señala el aumento de precios y la incertidumbre general del país.
En contraste, quienes se sienten preparados lo atribuyen principalmente a tener ahorros y claridad sobre cómo actuar.
Aquí se evidencia una de las grandes brechas económicas del país: la diferencia entre quienes pueden planear y quienes viven al día. De hecho, entre quienes reconocen vivir al día, la percepción de no estar preparados alcanza el 100%, lo que confirma que cualquier imprevisto puede convertirse en una crisis.
Finalmente, al identificar el principal reto económico del año, la prioridad vuelve a ser básica. 32% señala ahorrar y cubrir gastos básicos, muy por encima de invertir o crecer económicamente (21%) o pagar deudas (21%). 18% menciona pagar deudas, y solo 8% prioriza mantener su ingreso actual.

La jerarquía de estos retos deja poco espacio para la expansión económica personal. Antes de pensar en crecer, la mayoría necesita asegurar estabilidad, liquidez y capacidad de respuesta ante emergencias.
El inicio del año encuentra a los mexicanos con expectativas contenidas: optimismo moderado, confianza limitada y una conciencia clara de las fragilidades económicas que persisten. No se espera un colapso, pero tampoco una bonanza. El horizonte está marcado por la necesidad de resistir, adaptarse y administrar mejor, más que por la posibilidad de avanzar con holgura.
En este escenario, el optimismo no nace de la economía nacional, sino de la resiliencia individual. Y esa, aunque admirable, no debería ser el principal sostén de la estabilidad económica de millones de hogares.