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La resaca de la justa veraniega: ¿Valió la pena? Lo mejor, lo peor y el saldo de la FIFA en México 2026

México volvió a estar en los ojos del mundo durante el Mundial 2026. Aunque el orgullo y la celebración marcaron el torneo, semanas después la conversación se centra en los retos que quedaron expuestos: movilidad, transporte público e infraestructura urbana.

ientos de aficionados se dieron cita en el Ángel de la Independencia para despedir a la Selección Mexicana con música y fiesta después de haber sido derrotados por el equipo de Inglaterra en octavos de final en la Copa del Mundo 2026.

Foto: Cuartoscuro

Redacción Político MX

Redacción Político MX

Publicada: jul 17 a las 17:21, 2026
- Últ. Actualización: jul 17 a las 17:51, 2026

Durante varias semanas, México vivió una de las celebraciones deportivas más importantes de su historia reciente. La Copa Mundial de la FIFA 2026 transformó calles, estadios y espacios públicos en escenarios de convivencia colectiva, proyectando al país ante millones de espectadores alrededor del mundo.

Sin embargo, como ocurre con cualquier acontecimiento de esta magnitud, el entusiasmo inicial inevitablemente dio paso a una evaluación más racional sobre sus beneficios y costos.

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La distancia que ofrece el paso de las semanas permite observar un fenómeno interesante: la percepción ciudadana deja de estar dominada por la emoción del momento para concentrarse en aquello que realmente permaneció una vez apagados los reflectores.

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La llamada “resaca mundialista” no representa un rechazo al torneo; por el contrario, revela una valoración mucho más matizada, donde el orgullo por haber organizado exitosamente un evento internacional convive con cuestionamientos sobre movilidad, gasto público y prioridades nacionales.

En un México donde la discusión pública continúa marcada por la desaceleración económica, los problemas de infraestructura urbana y las exigencias crecientes en materia de seguridad y servicios públicos, el Mundial terminó convirtiéndose también en un ejercicio de evaluación sobre la capacidad del Estado para organizar espectáculos internacionales sin perder de vista las necesidades cotidianas de la población.

Quizá el dato más interesante del estudio aparece desde la primera pregunta. Cuando se consulta qué fue lo mejor de los partidos disputados en territorio mexicano, 53% de los participantes señala el ambiente y la fiesta que se vivió en las calles.

Muy por detrás aparece 35%, que destaca la oportunidad de presenciar partidos de alto nivel y observar a las principales figuras del futbol mundial. Apenas 4% considera que lo mejor fue la derrama económica y el impulso a los negocios, mientras únicamente 7% afirma que el torneo no dejó ningún aspecto positivo.

Ángel de la Independencia

Foto: Ángel de la Independencia

La relación entre estas cifras resulta especialmente significativa. La diferencia de 18 puntos porcentuales entre quienes privilegian la experiencia social y quienes valoran el espectáculo deportivo demuestra que el principal activo del Mundial no fue exclusivamente futbolístico.

La ciudadanía recuerda con mayor intensidad el ambiente generado en plazas públicas, avenidas y espacios de convivencia que los propios encuentros disputados dentro de los estadios.

Este resultado confirma una característica histórica del deporte en México: el futbol funciona como un poderoso mecanismo de cohesión social.

Durante algunas semanas desaparecen, al menos parcialmente, diferencias políticas, económicas y regionales para dar paso a una identidad compartida que difícilmente puede producir otro tipo de acontecimientos nacionales. La fiesta terminó convirtiéndose en el verdadero protagonista del torneo.

Al mismo tiempo, llama la atención el escaso peso otorgado al impacto económico directo. Que solamente 4% identifique como principal beneficio el impulso a los negocios sugiere que, para la mayoría de los ciudadanos, el legado del Mundial se mide más en términos de experiencia colectiva que de rentabilidad financiera.

No obstante, ningún mega evento está exento de externalidades, y el estudio permite observar con claridad cuáles fueron las principales molestias experimentadas por la población.

El 47% considera que el mayor problema durante el torneo fue el tráfico y las complicaciones en el transporte público. En segundo lugar aparece el incremento en los precios, mencionado por 23%, seguido del ruido, la basura y el desorden urbano con 18%. Finalmente, 12% percibe que las autoridades otorgaron mayor atención a los visitantes extranjeros que a las necesidades de los propios ciudadanos.

La distribución de estos resultados refleja una jerarquía muy clara de preocupaciones. El tráfico prácticamente duplica la percepción sobre el encarecimiento de precios y supera por 29 puntos porcentuales la preocupación relacionada con el ruido y el desorden. En otras palabras, la principal factura que dejó el Mundial fue logística antes que económica.

Este comportamiento resulta consistente con la realidad de las grandes ciudades mexicanas. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey ya enfrentaban problemas estructurales de movilidad antes del campeonato; la llegada masiva de visitantes simplemente hizo más visibles limitaciones que forman parte de la vida cotidiana de millones de habitantes.

El incremento de precios ocupa un segundo plano, aunque no deja de ser relevante. La inflación asociada a eventos de alta demanda suele percibirse de manera inmediata por consumidores locales, particularmente en sectores como alimentos, hospedaje y transporte. Sin embargo, los datos indican que esta preocupación quedó claramente por debajo de los problemas derivados de la movilidad urbana.

Por otra parte, el hecho de que únicamente 12% considere que el gobierno privilegió a los extranjeros sugiere que, pese a las críticas habituales sobre el manejo de este tipo de eventos, la percepción de desplazamiento ciudadano fue relativamente limitada.

Quizá la pregunta más compleja del estudio es aquella que invita a valorar si realmente valió la pena organizar el torneo considerando el dinero invertido y los resultados obtenidos.

La opción con mayor respaldo corresponde a quienes consideran que sí valió la pena por la imagen internacional y el ambiente generado, con 41% de las respuestas.

Sin embargo, el resto de las opiniones evidencia una sociedad mucho menos unificada. 21% sostiene que esos recursos hacían mayor falta en hospitales, agua o seguridad; 20% opina que sí existieron beneficios, aunque concentrados únicamente en algunos sectores; mientras 18% considera que únicamente ganaron ciertos grupos económicos y políticos.

El análisis conjunto revela un aspecto particularmente interesante. Aunque la postura favorable constituye la primera mayoría individual, 59% de las respuestas incorpora algún tipo de reserva respecto al torneo.

No necesariamente se trata de un rechazo al Mundial, sino de cuestionamientos sobre la distribución de sus beneficios, el costo de oportunidad del gasto público o la equidad con la que fueron aprovechados los resultados económicos.

Esta diferencia obliga a mirar el fenómeno desde una perspectiva más amplia. La organización del Mundial fue ampliamente reconocida; sin embargo, el debate ciudadano parece desplazarse hacia una pregunta distinta: ¿quiénes fueron realmente los beneficiarios del evento?

En un país donde las demandas por mejores servicios públicos continúan ocupando el centro de la discusión nacional, resulta comprensible que una parte importante de la población compare cualquier inversión extraordinaria con necesidades tan sensibles como infraestructura hospitalaria, abastecimiento de agua o seguridad pública.

A pesar de las críticas, el balance general conserva un tono mayoritariamente favorable.

Cuando se plantea la posibilidad de organizar nuevamente un Mundial en el futuro, 54% afirma que México debería volver a hacerlo. No obstante, 13% condiciona ese respaldo a que se solucionen previamente los problemas de tráfico observados durante la edición de 2026. Por otro lado, 17% considera que los Mundiales ya organizados son suficientes, mientras 16% manifiesta una posición indiferente.

Tráfico vehicular en Ciudad de México

Foto: Cuartoscuro

La interpretación conjunta resulta reveladora. Si se suman quienes apoyan abiertamente una nueva candidatura con quienes lo harían bajo mejores condiciones organizativas, el respaldo potencial alcanza 67%. Es decir, dos de cada tres ciudadanos no rechazan la idea de repetir la experiencia; simplemente esperan que las autoridades aprendan de las dificultades detectadas.

La movilidad vuelve a aparecer como el principal desafío hacia el futuro. No es casualidad que la única condición explícita planteada por una parte importante de los encuestados sea precisamente mejorar el funcionamiento del transporte y reducir la congestión vial.

La experiencia del Mundial 2026 deja una enseñanza que trasciende el ámbito deportivo. Los grandes eventos internacionales no se evalúan únicamente por el número de visitantes, la derrama económica o los resultados obtenidos dentro del terreno de juego. Su verdadero impacto termina dependiendo de la manera en que modifican —positiva o negativamente— la vida cotidiana de quienes habitan las ciudades anfitrionas.

El estudio retrata una ciudadanía capaz de reconocer simultáneamente los éxitos y las limitaciones del torneo. Existe orgullo por la imagen internacional proyectada, satisfacción por la extraordinaria atmósfera que se vivió en las calles y disposición para repetir la experiencia. Pero también permanece la conciencia de que problemas como la movilidad, la infraestructura urbana y la distribución de los beneficios económicos continúan siendo asignaturas pendientes.

En ese sentido, la verdadera resaca del Mundial no consiste en lamentar que la fiesta haya terminado. Consiste en preguntarse si el aprendizaje institucional será capaz de sobrevivir mucho más tiempo que los recuerdos de aquellos días en los que México volvió a convertirse, por unas semanas, en el centro del futbol mundial.

Porque organizar un gran evento deportivo puede proyectar una mejor imagen del país; transformar estructuralmente las condiciones que hicieron visibles sus principales desafíos es, en cambio, una tarea mucho más compleja y permanente.