ENCUESTAS, DATA Y ANÁLISIS

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México nos llena de orgullo ¿O ya no tanto?

El orgullo de ser mexicano sigue presente, aunque para muchos ya no significa ignorar los problemas que enfrenta el país.

Una mujer vestida con un traje típico mexicano, la bandera mexicana y guitarras, como símbolo de nuestra identidad mexicana.

Los mexicanos mantienen un fuerte sentimiento de pertenencia hacia su país, pero la violencia aparece como el problema que más deteriora ese orgullo. La demanda es clara: vivir con mayor seguridad y tranquilidad permitiría fortalecer la confianza en México y su futuro. - Foto: OPEN AI

Cada septiembre, México se coloca frente al espejo de su propia historia. El Grito de Independencia suele ser una celebración de identidad, memoria y pertenencia, pero también funciona como un momento en el que la sociedad evalúa, aunque sea de manera informal, qué significa sentirse mexicano en el país que existe hoy y no solamente en el que aprendimos a admirar en los libros de historia.

Identidad mexicana

Foto: OPEN AI

El orgullo nacional suele construirse sobre elementos difíciles de cuantificar: la cultura, la gastronomía, las tradiciones, la música, el patrimonio histórico, el deporte y la capacidad de los mexicanos para reconocerse como parte de una misma comunidad pese a sus enormes diferencias regionales y sociales. Sin embargo, ese sentimiento no vive aislado de la realidad. También se alimenta —o se erosiona— con la seguridad que existe en las calles, las oportunidades económicas, la calidad de las instituciones y la percepción sobre el rumbo que lleva el país.

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Comida mexicana

Foto: Open IA

Por eso resulta particularmente interesante que, al preguntar qué tan orgullosos se sienten de ser mexicanos, una mayoría conserve una valoración positiva, pero acompañada de importantes matices. El orgullo persiste; lo que ha cambiado es la facilidad con la que convive con las preocupaciones.

El orgullo mexicano resiste, pero ya no es ingenuo. Este sentimiento nacional es, en principio, favorable. 46% de los encuestados afirma sentirse muy orgulloso de ser mexicano, incluso reconociendo cómo está el país. A este grupo se suma 30% que también se declara orgulloso, aunque acompañado de varias preocupaciones sobre la situación nacional. En contraste, 19% afirma sentirse poco orgulloso porque considera que los problemas pesan más que los aspectos positivos, mientras 5% no siente un orgullo particular por haber nacido en México.

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La lectura más inmediata indica que 76% mantiene algún grado de orgullo por México, aun cuando una parte importante de ese grupo reconoce abiertamente los problemas nacionales. Al otro lado, 24% expresa poco orgullo o ausencia de un sentimiento particular de orgullo nacional.

Pero quizá lo más interesante no sea el 76%, sino la frase que acompaña al grupo mayoritario: “incluso reconociendo cómo está el país”. El orgullo contemporáneo parece haberse separado de la idealización. No requiere pensar que todo funciona bien; puede coexistir con la crítica.

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Ese detalle cambia profundamente la lectura del patriotismo mexicano. Sentirse orgulloso no significa necesariamente estar satisfecho con el gobierno, con la seguridad, con la economía o con las instituciones. En muchos casos significa justamente lo contrario: querer al país lo suficiente como para exigir que funcione mejor.

El patriotismo, bajo esta perspectiva, deja de ser una celebración acrítica y se convierte en una forma de pertenencia compatible con el desacuerdo.

Diez años después, la mitad mira a México con más orgullo. La comparación con una década atrás ofrece una segunda pista sobre la evolución de este sentimiento.

46% declara sentirse más orgulloso hoy que hace diez años, mientras 35% mantiene prácticamente el mismo nivel de orgullo. En sentido contrario, 17% afirma sentirse menos orgulloso y 2% reconoce que nunca ha sentido un orgullo particular por ser mexicano.

La correlación entre estas cifras permite observar una sociedad que, lejos de haber abandonado el sentimiento de identidad nacional, conserva una percepción relativamente estable o favorable. En conjunto, 81% se encuentra entre quienes hoy se sienten más orgullosos o mantienen el mismo nivel de orgullo que hace una década.

La diferencia entre quienes se sienten más orgullosos y quienes se sienten menos orgullosos es de 29 puntos porcentuales. No se trata, por tanto, de una percepción mayoritariamente marcada por el deterioro del vínculo con el país.

Pero tampoco sería correcto interpretar el dato como una evaluación integralmente positiva de México. La primera pregunta ya había mostrado que la mayoría de quienes sienten orgullo lo hace reconociendo problemas importantes. La identidad nacional parece estar resistiendo incluso cuando la valoración de la realidad cotidiana resulta más compleja.

Esto permite entender una característica peculiar del sentimiento mexicano: la imagen que las personas tienen de su país puede sobrevivir a las decepciones acumuladas porque se alimenta de elementos culturales e históricos que van mucho más allá del desempeño inmediato de las instituciones.

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Cuando se pregunta qué ha influido para que una persona no esté completamente orgullosa, la respuesta más frecuente es la situación económica y las oportunidades en el país, con 37%. En segundo lugar aparece la seguridad y los problemas sociales, con 29%. Les siguen la cultura, los logros y el reconocimiento de México, con 20%, y la percepción sobre el rumbo general del país, con 14%.

El salario mínimo no alcanza para vivir dignamente

Foto: Cuartoscuro

El dato económico merece especial atención porque supera por 8 puntos porcentuales a la seguridad como principal factor que limita el orgullo. Esto indica que la relación emocional con el país no depende exclusivamente de lo que ocurre en las calles; también está profundamente vinculada con las posibilidades que las personas perciben para mejorar su situación personal y familiar.

Una economía puede crecer y, sin embargo, la población no sentir que ese crecimiento modifica sustancialmente sus oportunidades. Ése es precisamente uno de los grandes desafíos de la percepción económica: los indicadores agregados no siempre se convierten en experiencias individuales.

Existen datos oficiales que colocan este sentimiento dentro de un contexto concreto: el PIB creció 1.9% anual en el segundo trimestre de 2026, mientras la inflación anual fue de 3.26% en agosto. Al mismo tiempo, 74% de la población percibe inseguridad en su entidad, de acuerdo con el dato señalado de ENVIPE 2026.

La combinación de esas variables ayuda a entender el matiz del orgullo nacional. México puede presentar crecimiento económico y, simultáneamente, mantener una población preocupada por la seguridad y por la capacidad de ese crecimiento para convertirse en mejores oportunidades.

El orgullo no vive en las estadísticas macroeconómicas: vive en cómo esas estadísticas se sienten en el bolsillo y en la calle.

Cuando se pregunta cuál de los problemas nacionales afecta más actualmente el orgullo por México, 64% señala la inseguridad y la violencia. Muy atrás aparecen la desigualdad y la falta de oportunidades, con 19%; la corrupción y la falta de confianza en las instituciones, con 10%; y la percepción de que los problemas del país no terminan de resolverse, con 7%.

Edomex

Foto: Gobierno del Edomex

La distancia entre la primera respuesta y todas las demás es extraordinaria. La inseguridad supera por 45 puntos porcentuales a la desigualdad y la falta de oportunidades, y representa más de seis veces el peso atribuido a la corrupción y la desconfianza institucional.

Esto significa que, aunque los problemas económicos constituyen el principal factor que limita el orgullo cuando se pregunta por las circunstancias personales y nacionales, la inseguridad se convierte en el problema dominante cuando se obliga a identificar el principal obstáculo colectivo.

La diferencia entre ambas preguntas es importante. Una persona puede sentirse preocupada por sus oportunidades económicas, pero cuando piensa en aquello que más deteriora el orgullo de pertenecer al país, la violencia ocupa claramente el primer lugar.

El dato oficial ayuda a contextualizar esta percepción: 74% de la población de 18 años y más percibe inseguridad en su entidad, cifra presentada como la más alta en años.

En este punto, el orgullo nacional se encuentra con una de las contradicciones más visibles de la vida mexicana contemporánea. El país puede ser admirado por su cultura, su patrimonio y su identidad, mientras el ciudadano simultáneamente considera que vivir en él implica asumir riesgos que no deberían formar parte de la normalidad.

Es difícil construir un orgullo nacional plenamente confiado cuando la seguridad cotidiana sigue condicionando la manera en que millones de personas se desplazan, trabajan, emprenden o disfrutan de sus ciudades.

El patriotismo no está desapareciendo: está poniendo condiciones ¿Qué tendría que cambiar para que los mexicanos sintieran mayor orgullo por su país?

La respuesta dominante es vivir con mayor seguridad y tranquilidad, con 48%. Le sigue tener más oportunidades de desarrollo y movilidad social, con 25%. En tercer lugar aparece contar con instituciones más confiables y eficaces, con 19%, mientras 8% considera fundamental lograr una mayor unión para enfrentar los problemas comunes.

La correlación entre estas cuatro respuestas resulta especialmente reveladora porque prácticamente dibuja una agenda ciudadana.

La seguridad concentra casi la mitad de las respuestas y supera por 23 puntos porcentuales a las oportunidades de desarrollo. A su vez, la exigencia de instituciones confiables representa casi una quinta parte de las respuestas. Finalmente, aunque la unión social ocupa el último lugar con 8%, introduce una dimensión diferente: el orgullo no depende únicamente de lo que haga el gobierno, sino también de la capacidad de la sociedad para enfrentar problemas comunes.

Existe además una relación clara entre esta última lámina y las dos anteriores. La inseguridad fue identificada como el principal problema que afecta el orgullo, con 64%; posteriormente, 48% señala que vivir con mayor seguridad sería el cambio más importante para fortalecerlo. Es decir, el problema identificado con mayor intensidad coincide con la solución más demandada.

La misma lógica aparece entre oportunidades e instituciones. La situación económica y las oportunidades fueron el principal factor que limitaba el orgullo, con 37%, mientras 25% pide mayor desarrollo y movilidad social. Por otro lado, 14% cuestionó el rumbo general del país y 10% señaló la corrupción y la falta de confianza institucional como factores que afectan el orgullo; posteriormente, 19% coloca entre las prioridades futuras la construcción de instituciones más confiables y eficaces.

Esta correspondencia es probablemente el hallazgo más interesante del estudio: los ciudadanos no están pidiendo abandonar los símbolos nacionales; están pidiendo que la realidad del país esté a la altura de ellos.

México llega a otro 15 de septiembre con una identidad nacional que, lejos de desaparecer, demuestra una notable capacidad de resistencia.

76% expresa algún grado de orgullo por ser mexicano; 81% se siente hoy igual o más orgulloso que hace diez años; y la principal razón para recuperar o fortalecer ese orgullo no es una campaña publicitaria, un símbolo patriótico o un discurso, sino algo mucho más concreto: seguridad, oportunidades e instituciones confiables.

La conclusión es menos sentimental de lo que podría esperarse de una fecha como el Día de la Independencia.

Los mexicanos no parecen haber dejado de sentirse orgullosos de su país. Lo que parecen haber hecho es elevar el estándar de aquello que esperan de él.

El orgullo permanece, pero ya no exige cerrar los ojos. Puede convivir con la crítica, con la preocupación económica, con el desencanto institucional y, sobre todo, con el reclamo de seguridad. Incluso el 46% que se declara muy orgulloso lo hace bajo una condición reveladora: reconocer cómo está el país.

Quizá ésa sea una de las formas más maduras de patriotismo. No consiste en afirmar que México es perfecto ni en convertir cualquier crítica en falta de lealtad nacional. Consiste en reconocer aquello que hace valioso al país y, precisamente por valorarlo, exigir que sus problemas no se vuelvan permanentes.

Porque un país no pierde el orgullo cuando sus ciudadanos cuestionan lo que no funciona. Puede perderlo, más bien, cuando dejan de creer que las cosas pueden cambiar.

Y las cifras muestran que esa esperanza todavía existe.