ENCUESTAS, DATA Y ANÁLISIS

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Research Land

¿Como se siente ser médico en el México de hoy?

Más del 40% de los médicos señalan que el principal eje de su trabajo es ayudar a los demás, pero que existen obstáculos en el país para poder lograr esta meta

Médica con bata quirúrgica azul, cubrebocas, gafas de protección y cofia ajustándose los guantes de látex frente a monitores hospitalarios.

En el marco del Día del Médico 2026, el 56% de los mexicanos percibe que los profesionales de la salud ejercen bajo condiciones adversas. - Foto: FB IMSS

La satisfacción de ayudar a otros convive con la frustración por la falta de recursos, las cargas de trabajo y las exigencias tecnológicas. El desafío de la medicina mexicana no consiste únicamente en formar más profesionales, sino en crear condiciones para que puedan ejercer, actualizarse y atender a sus pacientes con calidad y dignidad.

La medicina suele explicarse desde la perspectiva del paciente: la espera para conseguir una consulta, el costo de los medicamentos, la disponibilidad de especialistas o la calidad de la atención recibida. Sin embargo, detrás de cada consulta existe otro protagonista cuyo entorno de trabajo también condiciona los resultados: el médico. Su preparación, su tiempo, los recursos disponibles y las exigencias de una profesión en constante evolución forman parte de una ecuación que repercute directamente en el funcionamiento del sistema de salud.

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Comprender cómo se ejerce la medicina en el México actual exige mirar más allá de la vocación individual. También implica examinar las condiciones materiales en las que se trabaja, la transformación de la relación entre médicos y pacientes, las diferencias de confianza entre los servicios públicos y privados y las exigencias derivadas de la actualización tecnológica. Las cifras de percepción disponibles ofrecen elementos para abordar estas cuestiones, aunque es importante distinguir entre lo que la población piensa sobre la profesión y lo que experimentan directamente quienes la ejercen. Los porcentajes permiten reconocer tendencias de opinión, pero no constituyen, por sí solos, una medición exhaustiva de las condiciones laborales de todo el personal médico.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿hasta qué punto puede sostenerse la vocación cuando el entorno impone obstáculos materiales, laborales y tecnológicos?

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La vocación permanece, pero la frustración ocupa un lugar importante.

El 44% de personas considera que lo que mejor describe a un médico es la satisfacción de poder ayudar a las personas. Sin embargo, el 33% lo percibe frustrado por la falta de recursos, el 21% presionado por la carga de trabajo y el 2% preocupado por los riesgos asociados con su profesión. En conjunto, estas tres últimas respuestas representan el 56%, frente al 44% que destaca la satisfacción de ayudar.

La diferencia no significa que la vocación haya desaparecido. Más bien, revela que el reconocimiento del valor social de la medicina convive con una percepción considerable de desgaste profesional. La posibilidad de contribuir al bienestar de otros continúa siendo el atributo individual más mencionado, pero las condiciones para hacerlo constituyen el principal contrapunto.

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La falta de recursos y la carga de trabajo, que juntas concentran el 54% de las respuestas, apuntan a dos problemas distintos, aunque estrechamente relacionados. El primero se refiere a la disponibilidad de los medios necesarios para atender; el segundo, al volumen de responsabilidades que recae sobre el personal. Un médico puede contar con conocimientos y disposición para ayudar, pero su capacidad de respuesta queda condicionada por el tiempo que puede dedicar a cada paciente, el equipamiento disponible y el respaldo institucional.

Los datos comparativos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ayudan a dimensionar este contexto. En su Panorama de la salud 2025, el organismo reporta que México cuenta con 2.7 médicos en ejercicio por cada mil habitantes, frente a un promedio de 3.9 entre los países de la organización. La diferencia es de 1.2 médicos por cada mil habitantes.

Este indicador no demuestra, por sí solo, que todos los médicos mexicanos tengan sobrecarga laboral ni explica directamente las percepciones sobre la profesión. Sí evidencia un desafío estructural: disponer de menos médicos por habitante que el promedio de referencia plantea dificultades para atender las necesidades sanitarias de una población distribuida en un territorio extenso y con condiciones de acceso desiguales.

La discusión, entonces, no debería limitarse a reconocer la vocación del personal médico. También debe preguntarse qué condiciones permiten ejercerla sin convertir el compromiso profesional en una compensación permanente por las carencias del sistema.

Consulta doc

Foto: FB IMSS

De autoridad incuestionable a profesional bajo mayor escrutinio.

La relación entre médicos y pacientes también atraviesa una transformación. El 56% considera que al médico se le respeta igual que antes, aunque ahora se le cuestiona más; el 19% opina que dejó de ser una autoridad para convertirse en proveedor de servicios; el 13% señala que se le respeta más que antes y el 12% considera que se le respeta menos.

La suma de las dos primeras respuestas alcanza el 75%: tres de cada cuatro participantes perciben que hoy se cuestiona más al médico o que su autoridad tradicional ha cambiado.

Esta transformación puede leerse desde varias perspectivas. La relación médico-paciente ya no descansa exclusivamente en la autoridad que otorga el conocimiento especializado. Los pacientes tienen acceso a más información, comparan experiencias y pueden cuestionar diagnósticos o tratamientos. Al mismo tiempo, esperan explicaciones comprensibles, atención oportuna y un trato respetuoso.

El cuestionamiento no necesariamente representa una pérdida de confianza. Puede ser parte de una relación más informada, en la que el paciente participa activamente en las decisiones sobre su salud. El problema aparece cuando la exigencia legítima de transparencia se convierte en una expectativa de resultados inmediatos, aun cuando el profesional trabaje con recursos limitados o enfrente una demanda de consultas que dificulta la atención individualizada.

La idea del médico como simple proveedor de servicios también plantea una tensión. La atención sanitaria incluye conocimientos técnicos y procedimientos, pero no se reduce a una transacción comercial. Requiere comunicación, juicio clínico, seguimiento y confianza mutua. Si la relación se mide únicamente por la rapidez de la consulta o la satisfacción inmediata, pueden invisibilizarse las limitaciones institucionales que influyen en la experiencia de ambas partes.

El 75% no permite determinar por qué se cuestiona más al médico ni establecer si esa evolución mejora o deteriora la atención. Sí revela que la percepción de su papel profesional está cambiando. El reto consiste en construir una relación donde la autoridad médica se sustente en la preparación y la evidencia, sin desplazar el derecho del paciente a comprender y participar en las decisiones que le afectan.

Confianza en el servicio público: el tiempo de consulta importa.

La confianza en los médicos públicos y privados muestra una distribución que dista de ser absoluta. El 33% confía más en los profesionales del sistema público, asociados con la posibilidad de que atiendan más casos; el 32% confía por igual en ambos sistemas; el 26% confía más en los privados, a quienes se atribuye la ventaja de dedicar más tiempo a la consulta; y el 9% no confía plenamente en ninguno.

En conjunto, el 65% confía igual o más en los médicos públicos, al sumar el 33% que manifiesta una preferencia por ellos y el 32% que confía por igual en ambos sectores.

Médico en tomografía

Foto: FB IMSS

La distribución revela una diferencia interesante en los criterios de comparación. La ventaja asociada con el sector público es la experiencia que puede derivarse de atender más casos; la del privado, el tiempo que supuestamente puede dedicarse a cada paciente. Aunque estas respuestas expresan percepciones y no una evaluación objetiva de la calidad clínica de ambos sistemas, sitúan el tiempo de consulta como un factor central en la experiencia de atención.

Escuchar al paciente, explicarle el diagnóstico y resolver sus dudas requiere tiempo. Cuando una consulta debe realizarse con rapidez, puede resultar más difícil construir esa relación de confianza, incluso si el profesional cuenta con la preparación necesaria. La experiencia médica y la calidad del trato no son atributos incompatibles, pero conciliarlos requiere condiciones que permitan ejercer ambos.

En este contexto, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó que, en 2023, el 48.7% de los usuarios del IMSS estaba satisfecho con el servicio de salud recibido, frente al 52.0% registrado en 2021. La disminución fue de 3.3 puntos porcentuales en ese periodo. Es importante precisar que se trata de satisfacción con el servicio de salud del IMSS en general, no de una medición exclusiva del desempeño de sus médicos.

La distinción importa porque la experiencia sanitaria no depende únicamente de quien realiza la consulta. También intervienen los tiempos de espera, la disponibilidad de medicamentos, las instalaciones, los equipos y la posibilidad de obtener atención cuando se necesita. La satisfacción general no debe atribuirse automáticamente al desempeño individual del médico, del mismo modo que una buena consulta no elimina las deficiencias que el paciente puede encontrar en otras etapas de su atención.

El resultado plantea una exigencia compartida: fortalecer las condiciones del sistema público y, al mismo tiempo, promover relaciones clínicas en las que el paciente reciba explicaciones suficientes y disponga del tiempo necesario para comprender su situación.

La transformación digital también puede convertirse en una carga.

La incorporación de nuevas tecnologías ha ampliado las posibilidades de la medicina contemporánea, pero también impone exigencias de actualización continua. El 42% considera que el principal reto es tener que pagar de su bolsillo los cursos y las actualizaciones; el 37% señala que se exigen nuevas tecnologías sin capacitación; el 15% menciona el trabajo con equipo viejo o descompuesto y el 6% apunta que se compran aparatos, pero no se enseña a utilizarlos.

Las primeras dos respuestas suman 79%. Cerca de ocho de cada diez participantes sitúan así el problema en la formación: financiarla personalmente o no recibirla cuando se introducen nuevas herramientas.

La distribución plantea una advertencia para las instituciones sanitarias: la modernización no consiste exclusivamente en adquirir dispositivos, instalar programas o digitalizar expedientes. Para que una innovación produzca beneficios, los profesionales necesitan formación pertinente, tiempo para aprender y condiciones para incorporarla a la práctica clínica.

Un equipo avanzado que no se utiliza adecuadamente no garantiza una mejor atención. Del mismo modo, exigir que los médicos dominen nuevas plataformas sin ofrecer capacitación puede agregar tareas administrativas y técnicas a una jornada que ya se percibe como exigente.

El 42% que destaca el pago de cursos y actualizaciones también invita a pensar en la distribución de responsabilidades. La educación continua resulta indispensable en una disciplina cuyos conocimientos y procedimientos evolucionan constantemente; sin embargo, su financiación y su organización influyen en quién puede acceder a ella y en qué condiciones. Cuando la actualización depende principalmente de los recursos individuales, pueden surgir diferencias en las oportunidades de desarrollo profesional.

La tecnología puede reducir tiempos, mejorar el acceso a información clínica y facilitar procesos. Pero para que cumpla esas promesas, la inversión en herramientas debe acompañarse de capacitación, soporte técnico y equipos funcionales. De lo contrario, la transformación digital corre el riesgo de convertirse en una exigencia adicional, en lugar de ser un instrumento que facilite el trabajo médico.

Más recursos y atención igualitaria: dos prioridades para el sistema de salud.

Al plantearse qué debería cambiar para que México tenga un buen sistema de salud, el 47% señala la necesidad de contar con más médicos, hospitales y medicamentos. Otro 43% considera prioritaria una atención igualitaria, independientemente de tener o no seguridad social. El 5% destaca la importancia de recibir un trato respetuoso y explicaciones, mientras que otro 5% propone impulsar tecnologías como las citas en línea y los expedientes digitales.

Las dos primeras respuestas suman 90%. La principal demanda se concentra, por tanto, en dos dimensiones: fortalecer la capacidad material del sistema y ampliar la igualdad en el acceso a la atención.

Esta preocupación encuentra contexto en las cifras de la OCDE. De acuerdo con su Panorama de la salud 2025, México destina a salud el 5.9% de su producto interno bruto, frente al 9.3% del promedio de la organización: una brecha de 3.4 puntos porcentuales. El mismo informe señala que México dispone de 1.0 camas hospitalarias por cada mil habitantes, mientras que el promedio de la OCDE es de 4.2.

Cirujanos

Foto: FB IMSS

Estas diferencias no demuestran por sí solas que incrementar el gasto garantice mejores resultados ni explican cada una de las prioridades expresadas por los participantes. Sí aportan contexto a la necesidad de fortalecer los recursos sanitarios: la disponibilidad de infraestructura y personal constituye una parte esencial de la capacidad del sistema para responder a las necesidades de la población.

La segunda prioridad, la atención igualitaria con independencia de la seguridad social, amplía la discusión. No basta con tener más recursos si su distribución deja a determinados grupos con menores posibilidades de recibir consulta, tratamientos o seguimiento. La equidad supone que el acceso oportuno no dependa de manera decisiva de la capacidad económica del paciente o de su afiliación institucional.

Resulta igualmente significativo que solo el 5% mencione explícitamente el trato respetuoso y las explicaciones, y otro 5% la tecnología digital. Esto no significa que tales aspectos carezcan de importancia, sino que, al elegir el cambio más necesario, las respuestas se concentran en los recursos básicos y la igualdad de acceso. Los porcentajes expresan prioridades relativas entre las opciones propuestas; no deben interpretarse como evidencia de que la población considere irrelevantes la comunicación clínica o la digitalización.

La mejora de los servicios requiere precisamente integrar estas dimensiones. Más hospitales sin suficiente personal pueden no resolver las necesidades de atención; más médicos sin equipamiento adecuado pueden encontrar límites para ejercer; y más tecnología sin capacitación puede añadir costos y complejidad. A su vez, aumentar la capacidad sanitaria sin atender las barreras de acceso puede dejar intactas las desigualdades que enfrenta la población.

Al reunir estas tendencias, aparece una secuencia significativa. La vocación de ayudar sigue siendo el rasgo individual más señalado, pero el 56% identifica frustración, presión laboral o preocupación por riesgos. Al mismo tiempo, el 75% percibe una relación médico-paciente más cuestionadora o una transformación de la autoridad tradicional; el 79% identifica dificultades relacionadas con la capacitación en la era digital, y el 90% considera prioritario aumentar los recursos del sistema o asegurar una atención igualitaria.

Estas cifras no miden exactamente el mismo fenómeno: unas expresan percepciones sobre la profesión, otras comparan la confianza en sistemas de atención y otras identifican prioridades de cambio. Sin embargo, su lectura conjunta sugiere que la discusión sobre el ejercicio de la medicina no puede separarse del entorno en el que trabajan los profesionales.

Pedir más empatía sin revisar las condiciones de atención es insuficiente. Exigir actualización constante sin facilitar formación puede ampliar las desigualdades entre profesionales. Incorporar tecnología sin enseñar su uso puede añadir complejidad. Y reclamar mejores resultados sin atender la disponibilidad de médicos, camas, medicamentos e infraestructura deja incompleta la explicación de los problemas que enfrenta el sistema sanitario.

El desafío tampoco se resuelve con una oposición simple entre el sector público y el privado. La confianza se distribuye entre una preferencia por los médicos públicos del 33%, un 32% que confía por igual en ambos sistemas, un 26% que se inclina por los privados y un 9% que no confía plenamente en ninguno. La diversidad de expectativas debería impulsar mejoras en ambos ámbitos, en lugar de convertir la comparación en una disputa de etiquetas.

La cuestión de fondo es qué condiciones necesita el personal médico para que su preparación, su experiencia y su compromiso se traduzcan en una atención efectiva. Esto exige considerar el número de profesionales disponibles, las cargas de trabajo, la capacitación continua, el equipamiento, la calidad de la relación con los pacientes y la igualdad de acceso.

La vocación puede motivar a una persona a elegir la medicina, pero no debería utilizarse como sustituto de los recursos que necesita para ejercerla. Reconocer a los médicos implica algo más que agradecer su labor: supone construir un sistema donde dispongan de las herramientas para atender, las oportunidades para actualizarse y el tiempo para escuchar.

La calidad de la atención empieza en el consultorio, pero también depende de las decisiones que hacen posible que ese consultorio funcione. Si México aspira a un sistema sanitario más sólido, el bienestar de quienes atienden a la población debe entenderse como parte de la solución, no como una consideración secundaria. Porque exigir una medicina cada vez más preparada, accesible y humana requiere también ofrecer a sus profesionales condiciones dignas para ejercerla.