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¿En cuánto te salió la despensa?

Aunque la inflación de septiembre de 2026 fue del 3.45%, el 84% de las familias percibe un alza en su despensa y el 52% recortará gastos a fin de año

Un hombre revisa productos en el pasillo de café de un supermercado. En los anaqueles se observan carteles amarillos que dicen "Precios que no se tocan. Mantenemos el precio en más de 4,000 productos esenciales".

El 86% de los consumidores ha modificado sus hábitos de compra, optando por reducir cantidades o buscar marcas más económicas ante la inflación. - Foto: Cuartoscuro

La economía suele explicarse mediante porcentajes, indicadores y promedios. Se habla de inflación anual, estabilidad de precios y objetivos monetarios, pero pocas veces esos conceptos consiguen transmitir lo que ocurre cuando una familia llega al supermercado y descubre que el mismo dinero ya no alcanza para llevar los mismos productos. Es ahí, frente al anaquel y con una calculadora mental que cada vez exige más ajustes, donde los indicadores económicos adquieren su dimensión cotidiana.

La percepción del encarecimiento es innegable: el 67% considera que su despensa está mucho más cara que hace un año y otro 17% afirma que está un poco más cara. En conjunto, el 84% siente que llenar el carrito cuesta más. Apenas el 10% considera que los precios se mantienen más o menos igual y solo el 6% percibe que comprar alimentos resulta más barato.

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La distancia entre quienes perciben un encarecimiento y quienes no advierten cambios es considerable. No se trata únicamente de una sensación aislada: los indicadores oficiales muestran que el costo de la canasta alimentaria urbana aumentó 5.5% en un año, mientras que la inflación general de septiembre de 2026 fue de 3.45%. La diferencia de 2.05 puntos porcentuales significa que los alimentos básicos acumularon un incremento superior al promedio de precios de la economía.

Esta brecha permite entender por qué hablar de inflación controlada no necesariamente coincide con la experiencia de los consumidores. Cuando los alimentos, que representan una parte indispensable del gasto familiar, suben más que el promedio, el impacto se percibe con mayor intensidad en los hogares que destinan una proporción importante de sus ingresos a cubrir necesidades básicas.

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La discusión, por tanto, no debería limitarse a determinar si la inflación se encuentra dentro de un rango estadístico. También es necesario preguntarse qué productos están aumentando, cuánto pesan en el presupuesto de las familias y qué ajustes deben realizar los hogares para mantener su consumo.

La carne, el pollo y el huevo: el encarecimiento que más pesa en la percepción

Cuando se pregunta qué productos se han encarecido más durante el año, el 56% señala la carne, el pollo y el huevo. A continuación aparecen la luz, el gas y el transporte, con 17%; las frutas y verduras, con 15%; y la tortilla, el pan y los abarrotes, con 12%.

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La distribución revela que la preocupación no se concentra exclusivamente en los alimentos frescos. También alcanza productos que forman parte de la alimentación cotidiana y servicios indispensables para el funcionamiento del hogar. La carne, el pollo y el huevo destacan porque constituyen fuentes importantes de proteína y suelen ocupar un lugar recurrente en las compras semanales. Cuando estos productos se encarecen, sustituirlos no siempre resulta sencillo sin modificar la calidad o variedad de la alimentación.

La percepción de los consumidores debe distinguirse de las variaciones específicas que registra el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC). Durante septiembre de 2026, el jitomate aumentó 30.25% y la cebolla 23% respecto del mes anterior. Son incrementos extraordinarios en productos concretos y en un periodo mensual, no tasas anuales ni aumentos equivalentes para toda la despensa.

Canasta básica

Foto: Cuartoscuro

El problema de fondo es que el encarecimiento no ocurre de manera uniforme. Algunos productos experimentan aumentos abruptos en periodos cortos, otros acumulan incrementos graduales y algunos pueden incluso bajar de precio. Para el consumidor, sin embargo, lo relevante es el resultado conjunto: cuánto debe pagar por mantener una alimentación similar a la de meses anteriores.

Además, el gasto familiar no se limita a los alimentos. El 17% que identifica la luz, el gas y el transporte como los rubros que más se han encarecido recuerda que el presupuesto doméstico funciona como un sistema de vasos comunicantes. Cuando aumentan los servicios y la movilidad, queda menos dinero disponible para comprar alimentos, incluso si sus precios permanecieran sin cambios.

Comprar menos, sustituir marcas y renunciar a productos

El encarecimiento no se queda en el registro de los precios: modifica directamente los hábitos de consumo. El 40% afirma que ha tenido que comprar menos cantidad de los mismos productos; el 28% cambió a marcas más baratas o comenzó a comprar a granel; y el 18% dejó de adquirir productos que antes incluía en su despensa. Solo el 14% señala que no ha tenido que modificar sus compras.

Las tres primeras respuestas suman 86% de personas que han cambiado su manera de comprar. El ajuste más frecuente no consiste necesariamente en dejar de consumir un producto, sino en reducir la cantidad. Le sigue la sustitución por alternativas más económicas y, finalmente, la eliminación de ciertos artículos.

Canasta básica

Foto: Cuartoscuro.

La secuencia resulta interesante porque muestra distintas etapas de adaptación. Primero se intenta conservar el consumo habitual, pero en menor proporción; después se buscan opciones de menor precio; y cuando esas alternativas ya no son suficientes, algunos productos desaparecen de la lista de compras.

No todos estos cambios tienen las mismas consecuencias. Comprar una presentación más pequeña puede ayudar a administrar el gasto inmediato, pero también puede resultar más caro por unidad de producto. Cambiar de marca puede ser una alternativa razonable, aunque no siempre existe una opción equivalente en calidad o formula. Dejar de comprar determinados alimentos, por otra parte, puede afectar la variedad de la dieta y la satisfacción de necesidades nutricionales.

El dato oficial sobre el costo de la alimentación ayuda a dimensionar la presión. En septiembre de 2026, una persona en una zona urbana necesitaba 2,590.61 pesos mensuales únicamente para cubrir la canasta alimentaria, de acuerdo con la línea de pobreza extrema por ingresos del INEGI. Esta cantidad es una referencia individual para medir el costo de los alimentos básicos; no representa el presupuesto completo de una familia ni necesariamente el gasto real de cada hogar.

Esta información es de suma importancia porque el costo de la despensa depende del tamaño del hogar, sus necesidades, la región donde vive y los productos que consume. Sin embargo, el indicador permite establecer una referencia mínima para dimensionar cuánto dinero requiere una persona para cubrir sus necesidades alimentarias bajo los criterios de esa canasta.

Cuando el costo de los alimentos aumenta por encima de la inflación general, los hogares con ingresos limitados enfrentan una disyuntiva cada vez más difícil: destinar una mayor proporción de sus recursos a comer o reducir la cantidad y variedad de lo que consumen. La adaptación del consumo puede aliviar temporalmente el presupuesto, pero no elimina la presión económica que la provoca.

Inflación controlada no significa precios bajos

Pocas expresiones económicas generan tanta distancia entre el discurso técnico y la experiencia cotidiana como afirmar que la inflación está controlada. Para el 67%, los números oficiales no reflejan lo que vive; otro 19% considera que los precios dejaron de subir, pero permanecen altos. En conjunto, el 86% no percibe que la estabilización de la inflación se traduzca en un alivio tangible para su economía.

En contraste, el 10% considera que la afirmación es correcta y que los precios se han estabilizado, mientras que el 4% reconoce que no sabe bien qué significa la inflación.

La aparente contradicción tiene una explicación económica fundamental: la inflación mide cuánto aumentan los precios durante un periodo, no qué tan baratos son los productos ni cuánto cuesta regresar a los niveles anteriores. Cuando la inflación disminuye, los precios no necesariamente bajan; simplemente pueden continuar aumentando a un ritmo menor.

Pensemos en un producto que costaba 100 pesos y aumenta 10% durante un año. Su precio llega a 110 pesos. Si al año siguiente la inflación de ese producto baja a 3%, su nuevo precio será de 113.30 pesos. La inflación se moderó, pero el consumidor sigue pagando más que antes. Para que el precio regrese a 100 pesos tendría que producirse una disminución, es decir, una variación negativa.

Esta diferencia ayuda a comprender los resultados. El 19% que reconoce que los precios dejaron de subir, pero permanecen altos, está describiendo precisamente la distancia entre la desaceleración de la inflación y la recuperación del poder adquisitivo. El 67% que considera que las cifras no reflejan su experiencia expresa una desconexión entre el promedio estadístico y los productos que realmente compra.

En septiembre, la inflación general anual se ubicó en 3.45%, dentro del intervalo de variabilidad del Banco de México, cuyo objetivo permanente es 3% con un margen de un punto porcentual hacia arriba o hacia abajo.

La preocupación se traslada a las compras de fin de año

La cercanía del Buen Fin, las posadas y la Navidad suele representar una temporada de mayor gasto para los hogares mexicanos. Alimentos, reuniones familiares, transporte, regalos y compromisos sociales coinciden en un periodo en el que las finanzas personales ya enfrentan las obligaciones habituales.

Las expectativas para este cierre de año reflejan cautela. El 52% considera que tendrá que recortar sus gastos; el 25% espera que su situación se mantenga igual que el año pasado; el 15% cree que este año sí le alcanzará mejor; y el 8% anticipa que gastará lo mismo, aunque tenga que endeudarse.

Que más de la mitad espere reducir sus compras es un indicador de prudencia, pero también de las limitaciones que percibe para enfrentar una temporada tradicionalmente asociada con el consumo. El 8% que planea mantener su nivel de gasto mediante deuda añade otro elemento de preocupación: para algunos hogares, conservar las celebraciones o los hábitos de consumo podría significar trasladar la presión económica a los meses siguientes.

El costo de las necesidades básicas aporta un marco adicional. En septiembre, la línea de pobreza por ingresos urbana —que contempla tanto la canasta alimentaria como la no alimentaria— alcanzó 4,951.66 pesos mensuales por persona, con un aumento anual de aproximadamente 4.4%. Esta cantidad no corresponde únicamente a alimentos: incorpora también bienes y servicios indispensables para la vida cotidiana.

La diferencia entre los 2,590.61 pesos de la canasta alimentaria y los 4,951.66 pesos de la canasta completa muestra que alimentarse es solo una parte de las necesidades económicas básicas. Vivienda, transporte, vestido, salud, educación y otros gastos compiten por los mismos recursos. Por eso, cuando la despensa absorbe una proporción mayor del ingreso, el ajuste no siempre se limita a comprar menos alimentos: puede trasladarse a otros aspectos de la vida familiar.

La expectativa de recortar gastos tampoco debe interpretarse automáticamente como una decisión de consumo voluntaria. En muchos casos puede ser una estrategia para evitar endeudarse, cubrir compromisos indispensables o conservar un margen mínimo ante gastos imprevistos. La diferencia entre gastar menos por elección y gastar menos porque no alcanza es sustancial.

Canasta Básica

Foto: Cuartoscuro.

El verdadero indicador está en el poder de compra

Al observar estas tendencias en conjunto, aparece una secuencia que permite entender la presión sobre los hogares. El 84% percibe que su despensa es más cara; el 56% identifica la carne, el pollo y el huevo como los productos que más se han encarecido; el 86% ha cambiado su forma de comprar; otro 86% no percibe que la inflación esté controlada en términos de su experiencia cotidiana, y el 52% anticipa que deberá recortar gastos durante el cierre del año.

No todas estas cifras miden lo mismo. Algunas reflejan percepción de precios, otras describen ajustes en los hábitos de consumo y otras expresan expectativas para los próximos meses. Sin embargo, su lectura conjunta apunta a una misma preocupación: la dificultad para conservar el poder adquisitivo.

El debate sobre la inflación suele concentrarse en el comportamiento del índice general, pero ese indicador no cuenta por sí solo toda la historia del presupuesto doméstico. Para una familia, importa tanto el promedio de precios como la evolución de los productos que consume con mayor frecuencia. Una reducción de la inflación puede representar un avance en la estabilidad macroeconómica, pero no garantiza que el ingreso alcance para recuperar el consumo perdido ni que las compras regresen a su composición anterior.

Tampoco basta con recomendar a las familias que comparen precios, compren a granel o sustituyan marcas. Esas decisiones pueden ayudar a administrar mejor el presupuesto, pero no sustituyen la necesidad de que los ingresos conserven capacidad de compra y de que los productos básicos mantengan precios accesibles.

El indicador decisivo no debería ser únicamente cuánto se desacelera la inflación, sino qué ocurre con el costo de las necesidades esenciales en relación con los ingresos de la población. Una economía puede registrar estabilidad en el índice general y mantener presiones importantes sobre los alimentos, los servicios y otros componentes indispensables.

Inflación afecta la canasta básica

Foto: Cuartoscuro

La inflación puede estar dentro del rango objetivo y la despensa seguir pesando cada vez más en el bolsillo. La estabilidad de precios es una condición necesaria para la salud económica, pero su relevancia para la población se mide también en la posibilidad concreta de comprar los mismos alimentos, cubrir los gastos básicos y llegar a fin de mes sin tener que sacrificar consumo o recurrir al endeudamiento.

Porque al final, la inflación no se experimenta como un porcentaje publicado en un boletín: se experimenta cuando el dinero deja de alcanzar para lo que antes podía comprarse. Y mientras esa distancia persista, la percepción de carestía seguirá siendo una parte central de la conversación económica de los hogares mexicanos.